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miércoles, 20 de julio de 2016
Mental Maze - Capítulo 4
Desde donde estaba sentada las cosas habían parecido fáciles hacía unos minutos cuando había creído que Toby estaría en algún lugar entre el hielo seco, el concentrado aire a lociones mezcladas y el humo de quienes fumaban, con aprehensión Sarah había recibido una tarjeta con la nueva dirección a donde tenía que ir, pero en este caso era un acertijo. De Toby no había rastro. Si aquello no servía para empeorar las cosas había gastado varias horas en aquella búsqueda inútil, solo le quedaban diecinueve y pronto empezaría a amanecer, además había perdido su celular entre el taxi y el asalto al que había sido sometida por lo que si su madrastra o su padre llamaban iba a tener que inventarse una buena excusa para no contestar, y de cualquier manera no podía regresar porque solo la retrasaría. Sarah miró alrededor con molestia decidiendo que en la primera oportunidad robaría uno. Era por una buena causa, intento convencerse.
El tiempo está sepultado bajo un retorcido hechizo cuadrado.
Sarah tomó un profundo aliento y leyó nuevamente intentando encontrarle sentido a aquella frase. Un par de ojos eléctricos se abrieron y la observaron. Le parecía que aquellos ojos mostraban una expresión ansiosa y cuando se hubo alejado un tanto de estos, sus pupilas giraron la mirada hacia el otro lado. Podía verse por la forma en que los ojos miraban significativamente al otro lado. Esos ojos sabían cosas. El tiempo... ¿Sepultado?
"Nada de esto tiene sentido." Se quejó en voz alta, por el consuelo de oír al menos su propia voz entre todo aquel ruido. Se detuvo, pensando en lo que Hodge le había dicho. "quizás no..." razonó. "Tal vez... solo lo doy por supuesto." Miró el reloj situado en la pared del club nocturno, era una sorpresa para ella que aquel lugar todavía estuviera abierto, estaba por acercarse el amanecer. Para su buena suerte un celular había sido dejado sobre la barra sin que nadie hubiera venido por el o se hubiera acercado siquiera al lugar. Revisando con rapidez se lo metió en el bolsillo trasero del pantalón junto con unos dólares que probablemente eran la propina de alguien. Luego de un rato dándole vueltas al asunto había llegado solo a la conclusión de que Jareth quería que tomara el metro. ¿Pero a dónde?
El sonido de una pistola disparándose silenció el lugar, y de pronto el fuego se inició de ninguna parte lloviendo tantas balas como personas había, Sarah se tiró en el suelo asustada, con el papel de la adivinanza en un puño, ¿Qué es esta locura? Una vez que logró usar su vista periférica y comprobó que había unos pocos en pie con sus armas pero que estaban dándole la espalda decidió arrastrarse hacia la puerta del baño que por fortuna le quedaba cerca, solo entonces se levantó, asustada comprobando su reflejo y su cuerpo para ver que no poseía herida alguna. Estaba cubierta de sangre pero ilesa. Con la mente en blanco se quedó parada mirando hacia el espejo sin saber que hacer. Solo entonces y tomando un profundo aliento, abrió la ventanilla del baño y saliendo por allí, comenzó a correr. La única diferencia era que las paredes revelaban ahora donde estaba y la ciudad se iba haciendo más y más clara. El sol estaba saliendo. Corrió más rápido, patinando entre los charcos y el barro que había en algunas zonas, dándose contra las paredes de los edificios, más rápido y más rápido, sin que realmente le importara a donde iba. Doblando las esquinas hasta llegar a una avenida que comenzaba a concurrirse. No sabía si había sido o no la única en sobrevivir, pero esperaba que no. Aquella matanza había sido horrible y totalmente imprevista. Siguió corriendo, hasta que las cosas empezaron a dar vuelta sobre su cabeza y comprendió que se estaba desmayando, exhausta, con lágrimas corriendo por las mejillas, se tendió en una esquina, sollozando.
Sarah levantó su mirada del libro que la absorbía solo por un momento para comprobar que Toby siguiera vivo, su padre y su madrastra le habían pedido de nuevo que cuidara de Toby aquel fin de semana, ella había accedido no sin quejarse, pero en el fondo aliviada de tener un momento para tomar algo de distancia entre ella y Jareth, las cosas iban demasiado rápido y demasiado bien para ser verdad. Preguntarle sobre el asunto a su padre o a su madrastra estaba fuera de cuestión, preguntarle a Alice no serviría porque todo lo que podía hacer era quejarse y mostrar un poco de envidia sobre que ella tuviera la atención de Jareth. Además la haría ver como alguien inseguro y no podía preguntarle a su madre porque se la había pasado evitándola desde hacía varios años ya. Molesta sacudió su cabeza, se suponía que aquel libro serviría para despejarla no para envolverla más en sus pensamientos, pero las maquinaciones de Heathcliff tampoco ayudaban en lo absoluto a que se sintiera mejor. No cuando le recordaban a Jareth...
"Parece más una disertación de fracasos que de éxitos." Susurró una voz a su lado haciéndola sobresaltar.
"¡Jareth!" Lo miró sorprendida. Él hizo una inclinación con la cabeza y Sarah resistió el ridículo impulso de levantarse para hacer una reverencia. Mordiéndose el labio lo miró con preocupación. "¿Estás acosándome o algo?"
Jareth rió entre dientes.
"Siempre." Luego carraspeó mientras se acomodaba en su porche con total desgana, como si llevara años haciendo lo mismo. "Pasé a saludar y conocer a mis nuevos vecinos, pero resulta... que eres tú."
Sarah lo miró recelosa.
"¿Vecinos?" Preguntó. Jareth señaló la casa de al lado la cual hacía poco había estado en venta. Ahora unos agentes de mudanza entraban y salían acomodando las pertenencias del hombre. Sarah parpadeó mientras una rara sensación se instalaba en su estómago, aunque se había dado cuenta del movimiento desde donde estaba nunca habría pensado que se trataba de Jareth quien se mudaba. Al lado de su casa, bueno, la de su padre. Absteniéndose de hacer al menos una treintena de preguntas que rondaban por su mente lo miró con fijeza. "Ya veo."
"¡Quédate siempre conmigo, toma cualquier forma, vuélveme loco! Pero, ¡Por favor!, No me dejes en este abismo donde no puedo hallarte." Dijo Jareth susurrando en un acento delicioso que hizo que Sarah olvidara todas las preguntas que tenía en la cabeza y lo mirara con una mezcla de sorpresa y admiración. Como aquella cita de Heathcliff la había dejado sin habla parpadeó un par de veces mientras él la miraba ladino.
"Um... ¿Por qué no estás supervisando la mudanza?" Preguntó ella al tiempo que se recordaba echarle un ojo a Toby. La mirada de Jareth siguió la suya.
"¿Quién es él?" Preguntó con cierta molestia en su voz sin responder a su pregunta. Sarah parpadeó confusa.
"Toby. Es... mi... hermano." Jareth arqueó una ceja. "Medio hermano en realidad."
Entonces se sonrojó. No debería haber dicho aquello, pero algo le decía que Jareth no la juzgaría por ello. Toby jugaba en el arenero despreocupadamente, ajeno a la conversación de ambos.
"Entonces, por eso dijiste que no podrías pasar el fin de semana conmigo." Le reprochó Jareth, Sarah se sonrojó aún más si eso era posible.
"Creo que... creí que no te gustaría precisamente pasar las horas cuidando a un niño pequeño. Para muchos suele ser aburrido." Sarah se contuvo de decir que a ella también le parecía aburrido por no mencionar odioso en especial cuando a Toby le daba por llorar.
"Eso depende de la persona." Dijo Jareth sacudiéndose los jeans y dirigiéndose al arenero. Sarah lo siguió sin saber lo que se proponía a continuación. "Deseaba pasar el fin de semana contigo, y eso haré."
"¿Sueles desear cosas tan simples a menudo?" Preguntó Sarah sin poder contenerse por mucho. Jareth la miró de un modo muy extraño y luego sacudió su cabeza.
"Quizás me he equivocado en la elección de palabras, Sarah." Toby cogió la pala que Jareth le ofrecía. "Desear no es lo mismo que querer. Se desea lo que se sabe que no dura, se quiere lo que se sabe que es eterno. Yo no deseo o pido nada, tomo lo que quiero mientras esto pueda mantener mi interés."
Sarah parpadeó de nuevo sin palabras y tragó saliva. ¿Estaba hablando de ella? A lo mejor solo estaba hablando por hablar, ¿Cierto? Miró hacia el arenero con fastidio y luego se colocó a un lado del mismo procurando no ensuciarse.
"¿No es lo que hacemos todos?" Preguntó Sarah después de un momento de silencio. Jareth se rió, pero su risa era más bien seca.
"¿Eso es lo que piensas?" Preguntó acariciando distraídamente la cabeza de Toby. "Supongo que de algún modo podría ser cierto. Pero no. No todos están dispuestos a pagar el precio por sus deseos. ¿Lo estás tú Sarah?"
Sarah lo miró concentrándose en la pregunta, de algún modo sentía como si se le estuviera escapando algo. Jareth le guiñó el ojo mientras la veía discutir en su mente sus posibles respuestas.
Cuando se hubo recobrado, abrió los ojos muy lentamente, esperando ver algo diferente esta vez: una esquina, una puerta, incluso su propio dormitorio. Todo lo que había para ver era la calle llena de tiendas. Con un pequeño chillido de frustración, golpeó los puños contra una de las puertas. Respondiendo al llamado, un enorme hombre afroamericano vestido de azul con grandes ojos saltones asomó la cabeza donde Sarah había golpeado.
"Buenos días ¿Puedo hacer algo por ti?" Preguntó cordial. Desolada, Sarah lo miró. Se encogió de hombros. Si le explicaba su problema, quizás pudiera darle algún consejo. Con voz baja, le preguntó:
"¿Se te dan bien los acertijos? ¿Conoces el club nocturno Underground?"
"¿Quién, yo?" Sonrió abiertamente. "No, solo soy un vendedor."
Sarah asintió. Puede que hubiera sido esperar demasiado.
Cuando se hubo recobrado, abrió los ojos muy lentamente, esperando ver algo diferente esta vez: una esquina, una puerta, incluso su propio dormitorio. Todo lo que había para ver eran las dos paredes.
"Entra y conoce a mi señora," la invitó el hombre. Ella se las arregló para sonreír débilmente.
"Gracias," dijo, "pero tengo que resolver este acertijo. Y no hay más pistas, o personas a quien preguntar. Ni nada." Parpadeó para contener las lágrimas calientes. "Estoy sola."
"Ooh" dijo el hombre aproximándose al papel que Sarah sostenía. "no estás mirando bien, eso es. Está claro como el agua. Solo que tú no lo ves, eso es todo."
Sarah lo miró con incredulidad. ¿No acababa de decir que no se le daban bien los acertijos? No había lógica en ello. O quizás no tenía nada que ver con la lógica y ese era el problema: Todo lógica y nada de razón.
"El metro está adelante," siguió diciendo. "No hay pierde."
Ella miró el papel frustrada. "Pero... no entiendo. No, no hay ninguna calle a donde ir."
El hombre resopló, y con voz amable dijo:
"Pasa y toma una taza de té."
"No hay dirección." La voz de Sarah era insistente.
"Intenta en Borough Park." dijo el hombre, con un ademán de la cabeza que pretendía inspirar coraje. "Si observas y escuchas con cuidado lo verás. Pero primero, ¿por qué no tomas una taza de té?"
"¿Dónde?" Sarah volvió a mirar de nuevo el papel.
"Lo tengo en la tetera." La hospitalidad de aquel hombre se malgastaba con ella.
"Debajo del subterráneo no hay nada." masculló. "No hay forma de que me manden a un lugar que es imposible de pasar."
"Ooh" observó el hombre divertido. "este lugar, oh, querida. Las cosas no siempre son lo que parecen, ya sabes, si los pueblos esconden miles de secretos las ciudades esconden billones. Así que no des nada por supuesto."
Sarah lanzó al gusano una mirada penetrante. ¿Cómo es que utilizaba la misma frase que Hodge? Y en su mente oyó de nuevo la voz de Hodge. «¿Yo? No iría por ningún lado»
Ningún lado. Justo delante de ti. ¿Qué más quedaba por hacer? Lo intentaría. Miró el papel de nuevo decidida, muy tentativamente, sobresaltándose por anticipado cuando se acordó de algo que se le había pasado por alto. Sarah estaba deleitada. Se giró agradecida.
"Gracias," le dijo. "Eso ha sido increíblemente útil."
Había comenzado a avanzar por la calle cuando oyó un grito a su espalda.
"¡Yo no iría por ahí!" estaba gritando el hombre, sus ojos se mostraban preocupados mientras observaban a Sarah marcharse. Pero dedicándole sonrisa alegre cuando ella se detuvo y volvió jadeando.
"¿Qué has dicho?"
"Lo que dije," le dijo el hombre. "fue que no vayas por ahí. Es más seguro si vas por allá. Las cosas se ponen muy feas por donde ibas."
"Oh" asintió Sarah. "Gracias." Se puso en camino en la dirección señalada.
La observó marchar de nuevo, y suspiró con alivio.
"Guau" El hombre puso los ojos en blanco. "Ha estado cerca. Si hubiera cogido la primera opción, hubiera llegado directamente sin desviaciones."
En aquella habitación, Toby, todavía en pijama, tenía la boca abierta de par en par y estaba aullando. Sus pequeños puños estaban firmemente apretados, su cara estaba escarlata y sus ojos cerrados, y estaba montando un escándalo que hubiera hecho gemir a Sarah en voz alta.
Jareth lo observaba con una sonrisa divertida. Los hombres que lo habían ayudado permanecían abstraídos mientras jugaban videojuegos con los cascos puestos. En este lugar nadie más se fijaba mucho en Toby. Había basura por todos lados y el lugar estaba literalmente de platos de comida a medio terminar, trozos de carne podrida y verdura pasada y el lugar olía francamente mal para tratarse de un lugar de alta categoría, pero no se podía esperar gran cosa de aquellos hombres.
Necesitaba algo que le mantuviera entretenido. Aquellos hombres eran, francamente, aburridos. Tan estúpidos que no podrían encontrar las respuestas a los acertijos que le había planteado a Sarah. Carecían de sabiduría o ingenio.
Jareth bostezó y examinó cansadamente la habitación. Las paredes estaban decoradas con calaveras y murciélagos. Dios mío, pensó. Calaveras y murciélagos de plástico aún. ¿Cómo de lerdos podían llegar a ser? Miró esperanzado al reloj. Las seis y media, indicaban las manecillas con forma de espadas. Otras diecisiete horas y media de espera. Tendría que hacer algo para pasar el tiempo.
Se puso de pie, estiró los brazos y se paseó intranquilamente. Uno de sus hombres pasó como un rayo. Jareth extendió el brazo y lo atrapó, cogiéndolo por el cogote. Los ojos del muchacho en cuestión, se apartaron asustados de los suyos.
"Eres asustadizo ¿Eh?" dijo Jareth con una risa forzada.
El resto de ellos aullaron con algarabía. Allí acababa de tener una prueba de lo estúpidos que eran. Lo seguirían sin pensarlo dos veces o cuestionarle. Incluso habían cometido un delito al secuestrar a aquel niño solo para complacerlo. Y Sarah... ella lo había mirado como si fuera un monstruo por hacerlo. Jareth hizo una mueca ante el dolor que suponía eso.
Aunque lo usual no era que Jareth la acompañara a hacer la colada, en aquella ocasión ambos se habían encontrado sin querer en la lavandería mientras ella sacaba sus ropas y el metía las suyas. Tras un extraño e incómodo silencio Jareth finalmente habló:
"¿Irás este fin de semana con tus padres?" Preguntó él. Ella asintió.
"¿No tenías personas que te hicieran la colada?" Fue su turno de preguntar, lo cierto era que tras verlo bajar con su ropa no había podido contenerse en ello, en especial tras lo snob que había sonado la primera vez que habían hablado en serio. Jareth se encogió de hombros sin responder a su pregunta. Nunca parecía responderle, y si lo hacía la dejaba pensando sobre si le había contestado o no. Sarah disfrutaba con él de aquellas conversaciones la mayor parte de su tiempo, pero a menudo se volvía tedioso para ella estar con alguien que nunca le respondía ni a las preguntas más simples.
"Me pasaré por allá un rato entonces." Pronunció Jareth, Sarah azotó su cesta llena de ropa limpia y doblada contra la puerta impidiendo que se cayera, luego miró furiosa a Jareth, aunque en realidad no sabía la razón de su furia.
"¿Para qué?" Preguntó en un gruñido. "es aburrido. Un fastidio en realidad. Solo es un bebé de tres años, no un animal de zoológico interesante para estudiar."
Jareth la miró con diversión y chasqueó la lengua.
"Me gustan los niños." Pronunció con cuidado y ante la mirada recelosa de Sarah añadió: "No en el sentido de Charles Dodgson, en el buen sentido."
"Vale." Dijo perpleja.
"Y me gustas tú." Pasó una de sus manos por la barbilla de Sarah haciendo de ello un gesto muy íntimo. Sarah retrocedió por la sorpresa y él sonrió con cierto aire macabro al tiempo que aquello hacía latir con fuerza el corazón de la chica.
"Vale." Dijo girándose para darle la espalda. "Se irán a la una."
Dijo, y se marchó del lugar, dejando a Jareth con una calculada sonrisa en los labios.
Luego de que varias personas la evitaran por su aspecto desaliñado lleno de sangre y tierra, logró comprar un boleto para el metro con el dinero que había cogido en el club nocturno. Durante un rato vagó a lo largo de los pasillos de ladrillos. Altos y adustos que se extendían hasta el infinito entre las calles de Nueva York, encontrando a veces unos pocos escalones. El hecho de que estuviera amaneciendo y hubiera buena iluminación en aquel lugar lo hacía un cambio agradable. Esperó un rato hasta que llegó su turno y solo entonces se subió. Decidida a mantener la calma, sacó el papel con el acertijo mientras repetía en su mente cada conversación que había tenido con Jareth con la esperanza de que alguna de ellas le sirviera para descifrar donde podía tener a Toby. Era una suerte que no fuera turista en NY o no se habría dado cuenta de que aquel hombre la quería enviar a dar un rodeo hasta Brooklyn, como si estar en Queens no hubiera sido ya bastante malo. Suspiró con pesadez consolándose en el hecho de que al menos había conseguido una buena pista. Times Square ¿Cómo no lo había visto? Lucía demasiado simple ahora que lo veía. ¿Qué le había dicho Jareth? La simplicidad era la clave de la brillantez.
Sarah se removió incómoda al notar que una anciana la miraba con reprobación, seguramente su atuendo era la causa de ello, pensó, lamentándose por un momento no poder detenerse en su departamento a ducharse y coger algo de dinero. Pero con aquellos acertijos que Jareth le planteaba se había olvidado aunque fuera por un instante de que estaba en el metro y que su hermano... no eso no le era posible olvidarlo.
Al llegar a su destino se dio cuenta de que para atravesar fuera por ferri, auto o a pie no se libraría de ser examinada por los policías que estaban controlando las salidas y entradas década uno. Se miró llena de sangre y gimió frustrada, nunca la dejarían pasar en ese estado.
"¡No es justo!" Gruño Sarah molesta.
"Tienes razón" dijo una voz a su espalda. "¡No es justo!"
Saltó y se dio la vuelta. Tras ella, vio dos guardias uno de ellos estaba relativamente cerca, en el extremo de una las columnas del puente, mientras verificaba autos. Pobres, pensó, tener que estar así de pie todo el rato. El que estaba parado enfrente de ella tenía unos ojos increíblemente astutos y se estaba burlando de ella. "Y eso es solo la mitad ¿Cierto Ralph?"
Ralph asintió mientras se dirigía a ellos.
"¿La mitad de qué?" preguntó Sarah, retorciéndose las manos, nerviosa.
"La mitad del doble de lo que serán tus problemas jovencita." replicó Ralph. "Llama a Jimmy, Alph. Diles que tenemos lo que buscamos."
Alph se conectó a su intercomunicador mientas a Sarah le daba un vuelco en el corazón. Ralph la sujetó y esposó sin previo aviso contra la patrulla.
"Debe haber un error ¿Qué es lo que buscan?" Preguntó Sarah desesperada. Ninguno de ellos le respondió.
"El doble es más que la mitad." Contestó Alph. Sarah revoleó sus ojos. "Apunta, mujer, cabello negro, rasgos caucásicos sospechosa de terrorismo. Lleva sangre en su ropa. Necesitamos alguien que venga para procesarla."
Sarah parpadeó procesando la información.
"Es un error." Sarah se giró, entonces los dos la metieron a la caseta de vigilancia del puente. "No soy terrorista. Tuve un accidente... ummm, femenino. Ustedes saben, muy malo."
Sarah estaba consciente de que estar cerca de la policía alertaría a Jareth y cambiaría el juego, por lo que cada minuto contaba como una sentencia para ella y Toby.
"No necesitamos que nos des explicaciones," Una voz brusca y con un fuerte acento se giró para verla. Estaba molesto. "se las darás a los que vengan por ti para llevarte a la comisaría. Jimmy me envió, tiene una situación allá. No puede venir."
"Venga Timothy, no seas rudo, no le hace daño a nadie. Si quiere hablar que hable. Se hundirá solita antes de pedir un abogado." Se rió Alph. Sarah frunció el ceño, pero el caso era que Alph tenía razón. Dar explicaciones no serviría para que creyeran en ella, mentiras o no. Y dar la verdad solo serviría para acabar perdiendo a su hermano. Pero aun así... tenía que hacer algo.
"¡Oh!" exclamó indignada. "No es justo. ¿Qué se supone que debo hacer? Solo estaba intentando ayudar a una amiga que tuvo una emergencia y entonces me encuentro corriendo al médico por ayuda porque ella no tiene auto. Claro, yo no tengo la culpa de que sea una paranoica que cree que el gobierno – en especial los de arriba – nos vigilan, y que por ello prácticamente se haya aislado de todo recurso y esté intentando traer a su bebé al mundo justo en estos momentos..."
El discurso no había funcionado con aquellos hombres, quienes en vez de soltarla la ignoraron olímpicamente, tres de ellos volviendo a sus puestos mientras el cuarto se quedaba encargado de cuidarla hasta que llegara alguien por ella. Lejos de sentirse derrotada, el corazón de Sarah empezó a palpitar. Había una posibilidad de escapar si alcanzaba las llaves antes de que Timothy entrara a la caseta de nuevo.
Colgadas junto a la puerta había varios pares de llaves. Sarah jadeó.
"¿Cuál es cuál?" Timothy se estaba despidiendo. Desesperada Sarah cogió los cuatro pares y los engancho a sus jeans. Timothy entró al tiempo que Sarah se sentaba. La observó con el ceño fruncido unos segundos que a Sarah le parecieron eternos y luego se volteó.
"Vamos, vamos" dijo el guardia con irritación como si murmurara para si mismo. "No podemos quedarnos aquí todo el día con esta terrorista."
Sarah saltó indignada.
"Para empezar no soy una terrorista. Y segundo ¿Qué quieres decir con que no puedes?" exclamó "Ese es tu trabajo."
"Oh, sí. Lo olvidé." Dijo Timothy sacudiendo la cabeza con burla. "Tengo esposa e hijos, ¿Sabes? Tengo que ir con ellos. Mi turno acaba en veinte minutos, y no he recibido ni confirmación de que mi relevo viene. Tampoco nadie ha reclamado por ti."
"Insisto, no soy terrorista." Pestañeó intentando alejar las lágrimas de frustración. La patrulla estaba a unos veinte pasos, si noqueaba a Timothy lo lograría. Sarah casi sintió pena por él cuando le pegó con la silla metálica plegable en la nuca. Casi.
Pero aún tenía que preocuparse por Toby. Checando que no hubiera matado al guardia se relajó y salió disparada hacia la patrulla. Ralph estaba distraído con el chequeo de un automóvil por lo que no la vio salir. Jim y Alph tampoco se dieron cuenta de lo que ocurría al principio, hasta que Sarah encendió el motor de la patrulla, desesperada y sin saber cómo conducir un auto Sarah chocó contra cinco automóviles antes de poder entender el mecanismo, afuera, los guardias comenzaban a gritar y correr hacia ella. Con excepción de Timothy claro, pobre hombre pensó Sarah, segura de que se iba a llevar una buena regañina. Entrecerrando los ojos al tiempo que se armaba de valor cruzó el puente y se dirigió hacia la autopista antes de que nadie pudiera detenerla. No pasó de internarse en la jungla que era la ciudad cuando tuvo a tres patrullas persiguiéndola, y al llegar a las primeras calles se vio rodeada de tal modo que no pudo escapar. Sarah gimió.
"Señorita, le pedimos que se baje de inmediato de la patrulla." Dijo un hombre mediante altavoz. "Con las manos en alto."
Lentamente con fastidio y una sensación punzante en su estómago Sarah se bajó y al instante tuvo tres o cuatro intentando sujetarla sin previo aviso, cuando se dieron cuenta de que aún seguía esposada intentaron meterla en la patrulla, algunos peatones se habían quedado parados mirando, otros tomaban fotografías o videos mediante sus celulares. Genial, sencillamente, genial. Si sus padres no se enteraban por la casa vacía se enterarían en internet.
"No soy una terrorista," Gimió en voz alta aprovechando las cámaras. "Me asustaron. Son unos matones. ¡Auxilio!"
"Señorita, es usted sospechosa de terrorismo y de robar un auto del gobierno, pero a partir de este momento tiene usted derecho a guardar silencio, cualquier cosa que diga podrá ser usada en su contra ante un tribunal." Dijo uno de los policías finalmente logrando meterla en la patrulla. El corazón de Sarah aleteó con pánico. "Tiene derecho a consultar a un abogado o a tener uno presente cuando sea interrogada por la policía. Si no puede costearse uno el Estado se lo brindará para que la represente. ¿Entiende usted los derechos que le acabo de leer?"
Sarah asintió débilmente y la puerta del auto se cerró con un sonoro ¡clang!
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Notas de Autor: Es miércoles, lo sé. Por eso pido disculpas por el gran retraso de este capítulo, resulta que armar las dos últimas escenas fue mucho más complicado de lo que esperaba.
Charles Dodgson, también conocido como Lewis Carroll, famoso por escribir las aventuras de Alicia en el país de las maravillas y Alicia a través del espejo y lo que Alicia encontró allí. Fue fotógrafo, y causó controversia con estas fotos especialmente por la desnudez de las niñas y el que guardara los negativos de dichas fotografías. Si no me creen solo tienen que buscar en Google Lewis Carroll, Photographer of Children: Four Nude Studies, para dar con ello. A propósito de que aunque puede ser un libro perturbador para muchos, también puede ser fascinante si hablamos de arte y fotografía.
Respecto a la frase usada en el acertijo que Jareth le ha dejado a Sarah ha sido hecha en inglés, por lo que es de ese modo como cobra más sentido. Time is buried under a twisted spell square. En este capítulo he usado algunas cuantas citas. Las pongo a continuación para hacerles el honor que se merecen:
Desear no es querer. Se desea lo que se sabe que no dura, se quiere lo que se sabe que es eterno. – Rousseau
¡Quédate siempre conmigo, toma cualquier forma, vuélveme loco! Pero, ¡Por favor!, No me dejes en este abismo donde no puedo hallarte. – Heathcliff, Cumbres Borrascosas.
La simplicidad es la clave de la brillantez. – Bruce Lee.
viernes, 8 de julio de 2016
Mental Maze - Capítulo 3
Jareth se había asegurado de que aquello pareciera un lugar sin salida. Si fallaba, su hermano jamás volvería a casa y ella tampoco. A ella le iría bien, pero a Toby no. No estaba tan segura de eso. Si se negaba a jugar aquel estúpido juego suyo, perdería a Toby y ella de todos modos sería obligada a irse con Jareth, no es que la idea le repugnara. Pero según él… había archivos en contra de ella, por lo que acudir con la policía quedaba descartada.
Sarah se mordió el labio mientras miraba el reloj que ahora marcaba la una de la mañana del sábado, y golpeteó con sus uñas la mesita del porche con impaciencia como si aquello pudiera darle las respuestas. Si ganaba, si ganaba el juego… salía perdiendo. Perdería su oportunidad de ser libre. De vivir. Jareth le había ofrecido algo por primera vez realmente retorcido. Desaparecer como si hubiera sido secuestrada junto a su hermano o desaparecer como si fuera una fugitiva no eran opciones. Tampoco lo era perderlo a él. El único que parecía entenderla realmente.
Llevando su dedo al labio mordisqueó la uña del pulgar mientras los recuerdos invadían su mente. Aun recordaba cómo había conocido a Jareth.
“Demonios” Gruñó Sarah cuando todo el contenido de su carrito fue volcado por un auto que iba demasiado rápido en un estacionamiento. En parte asustada por aquel momento en que el carrito le había sido arrebatado de las manos en parte aliviada de que hubiera sido la despensa y no ella. Y en gran parte, molesta con aquél estúpido conductor. “Allí va todo el sueldo de mi semana.”
Sabía que quejándose no iba a llegar a ningún lado, pero justo en aquel momento todavía se encontraba en shock. Pálida como fantasma e inmóvil. Y aunque en un principio no había planeado quedarse allí, al ver al dueño del monstruo que acababa de arrollar su despensa se plantó a esperar que él se disculpara. Pero cuando aquello no ocurrió Sarah se aproximó al vehículo con cautela y al verle hablando por celular tocó la ventanilla. El tipo la miró y bajó del auto aún con el celular en mano.
Irritada Sarah le arrebató el celular y lo cerró. Ante el enojo de aquel hombre - atractivo pero imbécil – Sarah logró decirle lo que deseaba:
“Casi me atropellas y has tirado mis víveres.” Estaba temblando, sí. Y nunca había hecho algo como eso ni tampoco se le había pasado por la cabeza. Pero tenía que hacer algo ¿Cierto? Y pedirle a su padre dinero porque aquel hombre había cometido un gran error no contaba cómo hacer algo. No cuando ella misma tenía trabajo para solventar sus gastos. Después de todo ya bastante era que su padre pagara su universidad. Lo miró fastidiada cuando él le tendió la mano pidiendo que devolviera su celular y sin pensarlo lo lanzó hasta donde todavía el carrito estaba tendido. Luego girándose sobre sus talones supo que no iba a conseguir nada más de él. Cogiendo otro carrito compró lo que necesitaba y salió, esta vez asegurándose de que nadie le pasara por encima ni a ella ni a su despensa.
Vivir en NY tenía sus ventajas, conseguir transporte desde luego era una de ellas si lo veías por el lado bueno. Sarah nunca había aprendido a conducir por ejemplo, dado que el tráfico en la ciudad era terrible y salir a ello era como convertirse en amazona. En cambio justo como ahora disfrutaba de la ventaja de ir sentada en un taxi junto con sus pensamientos mientras se dirigía al club nocturno donde se suponía que estaba su hermano. Jareth estaba siendo infantil y estúpido. ¿Cómo se le ocurría meter a su hermano en un club nocturno para venderlo a la primera pareja que pasara por allí? Realmente si aquél era el tipo de cosas que se le ocurrían no tenía por qué soportarlo más. La zona por donde estaba el club nocturno no parecía ser de las mejores en cualquier caso había cogido su celular y las llaves de la casa por si tenía que volver a toda prisa a comunicarse con su padre. Es Jareth, pensó Sarah. No será la gran cosa. Iré por mi hermano y estaré en menos de dos horas en casa.
El taxi estacionó frente a lo que parecía ser un edificio de inquilinos. No, corrección. Era un edificio de inquilinos. Sarah parpadeó.
“Disculpe,” Acercándose a la ventanilla del taxista continuó con su tono más cordial posible: “Esto no es el club nocturno Underground. Ni siquiera creo que haya un club por aquí cerca. ¿Por qué paramos aquí?”
El taxista gruñó por toda respuesta.
“Underground le hace honor a su nombre señorita. Está en la zona más peligrosa de la ciudad. Me niego a llevarla hasta allá, nos matarán antes de poder poner un pie en el club. Si sale del taxi será bajo su propia responsabilidad. La matarán o la secuestrarán y venderán como prostituta. Y para ser sincero, no quiero tener ese cargo de consciencia. Hasta aquí llego yo.” Sarah lo miró sin saber si estaba horrorizada por la nueva información recibida o asustada por salir del taxi. Tenía dinero, sí, pero estaba segura que ni ofreciéndole todo lo que tenía el tipo le llevaría hasta allá. Mordiendo su labio pagó y se bajó con inseguridad. El taxista la miró: “¿Está segura de que quiere hacer eso? Todavía puedo llevarla a casa, es más, el viaje será gratis.”
Sarah suspiró audiblemente mientras miraba los callejones.
“Tengo que hacerlo.” Dijo con un tono que no dejaba duda. El taxista asintió y dando reversa a su auto giró y se marchó dejándola completamente sola en aquel lugar. Tan pronto puso un pie fuera de aquella calle comenzó a sentir ojos mirándola por todas partes con curiosidad y codicia. Sarah que afortunadamente no traía mucho de valor encima consigo se sintió en cualquier caso amenazada. De pronto, cuando ya llevaba un rato caminando, alguien la sujetó por el cabello sin previo aviso y cacheándola encontró la cartera de Sarah, la cogió, empujó a Sarah contra el asfalto con tal fuerza que su rodilla comenzó a sangrar profusamente. Quien quiera que fuera salió huyendo antes de que ella pudiera comenzar a gritar siquiera o ver el rostro de su atacante. Y en cualquier caso, pensó Sarah mucho más tarde, no hubiera servido de nada. Sintiéndose caer hacia adelante en la oscuridad balanceó los brazos frenéticamente y se las arregló para mantener el equilibrio.
Su boca se había quedado seca del miedo, se sentó. Así se sentía segura, incluso si esa seguridad era falsa. Pero no podía permitirse quedarse allí sentada mucho rato, cuando solo le quedaban veintitrés horas para llegar al club nocturno – Sarah estaba comenzando a contar ahora las horas que le llevaría atravesar aquel lugar y llegar al club nocturno, donde quiera que eso quedara. Porque las calles de aquel lugar no tenían la suficiente luz para ver las indicaciones. Y algunas de ellas hasta habían sido arrancadas despojándolas de su nombre. Para Sarah aquellos minutos se le estaban haciendo eternos, y dudaba que la luz del sol ayudara a mejorar la situación en la que se encontraba justo en aquellos momentos. Estaba todo tan negro que bien podría haber estado intentado encontrar su camino a través de un mar de tinta. Sintió las lágrimas florecer, pero parpadeó para contenerlas. Lo haría. No había límites en lo que ella podía hacer, con determinación – cosa que indudablemente tenía –, e ingenio – cosa que nunca le había faltado –, y tal vez un poco de suerte – cosa que se merecía, ¿no? –. Lo lograré, prometió, mientras estaba sentada sobre el asfalto sin tener ni idea de cómo dar un paso más. Dándose valor sonrió ante el hecho de que Jareth hubiera intentado mandarla justo a aquel lugar tan peligroso. Eso tenía que significar algo de algún modo. ¿Cierto?
Creyó que me asustaría tanto entre la oscuridad y los ladrones que me rendiría y olvidaría a Toby. ¿Cómo podría hacer eso? De cualquier modo, en veinticuatro horas podía ir y volver con tiempo de sobra. ¿Y qué pensarían su padre y su madrastra cuando volvieran? Probablemente llamaran a la policía. Bueno, no había nada que ella pudiera hacer al respecto. Sonrió débilmente. Cuando la imposibilidad de encontrar el camino a través de la oscuridad comenzó a abrumarla se puso en pie, apretando los puños y tensando la mandíbula, y se aclaró la garganta.
Miró hacia arriba con atención y al apartar la vista de la negrura de abajo fue consciente de un indicio de luz que manchaba el borde del cielo oscuro. Observó como la luz se hacía más y más brillante, cambiando de rojo a rosa y después a un azul pálido, aquello debía significar que el club nocturno estaba cerca si podía ver las luces cambiar de color. La primera cosa que pudo evaluar fue que las luces salían de al menos unas cinco cuadras más adelante. La extensión de espacio entre sí misma y el club nocturno no era tan grande. Puedo correr hasta allí en una hora si no me vuelve a asaltar alguien, consideró. Jareth estaba intentando embaucarme.
Lo conseguiría.
“Bueno,” Dijo. “allá vamos. Adelante, un pie delante del otro.”
La oscuridad parecía demasiado densa, pensó Sarah mientras caminaba hacia el club nocturno, cada vez más segura de lo que hacía. Sin embargo había algo en medio de todo aquello que le hacía recordar que sus problemas habían empezado mucho antes de estar en medio de aquellas calles solitarias y oscuras. Aunque la oscuridad, si no mal recordaba, había tenido algo que ver en todo aquello. Después de todo uno de los clásicos apagones de la ciudad durante el verano la había obligado a salir de aquel departamento para evitar el aburrimiento que se apoderaba de ella.
“De algún modo no fue mi intención acabar con su despensa aquella vez.” Pronunció de forma demasiado cuidada una voz masculina poniendo énfasis en cada palabra. Sarah volteó hacia la silueta masculina que recargada contra la pared al borde de las escaleras le hizo olvidarse de todo lo demás.
“¿Estás acosándome?” Se le ocurrió preguntar, un gruñido inundó el pasillo.
“¿Realmente, eso es lo que vas a decir?” La silueta del hombre se deslizó por la pared hasta tocar el suelo. Sarah se aproximó y el olor acre de un cigarrillo le llegó de golpe. “¿Quieres un poco?”
Sarah odiaba el cigarro pero no quería volver a su departamento y encerrarse, no cuando aquel hombre se había disculpado y le había hecho conversación. Y no quería rechazar aquello cuando la otra opción sería aburrirse hasta morir en su cama. Además tanto aquel hombre como su extraño acento le hechizaban. Cogiendo el cigarrillo que le ofrecía aspiró un poco y comenzó a toser. Entonces una pequeña risa salió de los labios del hombre.
“¿Primera vez?” Preguntó, y Sarah negó con la cabeza.
“Nunca me he acostumbrado.” Respondió acomodándose a su lado. Él asintió como si se viera venir la respuesta.
“Soy Jareth, por cierto.”
“Sarah.” Respondió esta.
“Lo sé. Te he visto ir y venir mientras me instalaba.” Le contestó sorprendiéndola. Sarah mordió su labio recordando el ruido y ajetreo que había ocasionado aquellas tres semanas mientras lo hacía, y ella al igual que Alice se habían quedado prendadas de su nuevo vecino. La cosa con Alice era que estaba visitando a sus padres en New Hampshire, lo que era la razón por la que estaba sola en las escaleras del edificio con un perfecto desconocido en medio de un apagón. Como Sarah no pensaba admitir que ella también había puesto especial empeño en observarle intentó salir por la tangente.
“¿Sabías que era yo?” Preguntó, luego carraspeó y reformuló su pregunta de tal modo que Jareth asintió al tiempo que le daba a su cigarrillo una nueva calada.
“El tercer día se me cayeron unas cajas, no me apetecía levantarlas en aquel momento y tenía sed. Así que regresé a mi departamento, cuando salí te vi y recordé quien eras. A propósito, me debes una disculpa.” Sarah lo miró interrogándole con la mirada, pero Jareth no pareció quitar esa sonrisita de superioridad que a duras penas se distinguía por la luz del exterior. Aún no acababa de oscurecer por completo. “No todos los días alguien te lanza al otro lado de un estacionamiento tu celular.”
Sarah enrojeció.
“¿Se rompió?” Preguntó.
“Sí. Tuve que comprar otro.” Refunfuñó él. Sarah sonrió.
“Bien. Estamos a mano.” Dijo cogiendo el cigarrillo de Jareth y dándole una segunda y última calada lo lanzó al suelo, pisándolo con su bota negra y evitando la mirada de él. Una pareja salió de las sombras sin notarlos siquiera mientras se besaban con pasión y desvestían, sonrojada, Sarah, se aclaró la garganta intentando hacerse notar, sin éxito. Jareth la imitó pero con otro propósito.
“Podemos ir a mi departamento.” Dijo y tomó su mano. Sarah frunció el ceño.
“Acabo de conocerte.” Espetó molesta. La pareja se separó ante la carcajada del hombre.
“Tengo hambre. ¿Tú no?” Preguntó mirándola con un brillo extraño en los ojos. Ignorandolos la pareja se dirigió hacia el otro lado del corredor, pero sus gemidos aún se escuchaban. Sarah tragó saliva indecisa.
“Bien. Pero si intentas algo raro…” Comenzó Sarah y antes de terminar ya estaba dentro. “¿Qué comeremos?”
“No pensaba quedarme sin luz pero…” Haciendo ademán de encender unas velas y sacando lámparas, iluminó todo el lugar. “hay pizza, hamburguesas, y…”
“Pizza está bien. ¿La hiciste tú?” Preguntó sorprendida al ver a Jareth sacarla del horno. Este negó con la cabeza y contestó incluso a las preguntas no hechas de Sarah. “Servicio. Se van temprano.”
“Tienes un departamento Jareth.” Dijo Sarah enarcando una ceja.
“¿Para qué molestarse si otros lo hacen?” Fue su corta y seca respuesta. “Está fría.”
Sarah asintió mientras comía con ganas, la pizza fría no era una molestia para ella en aquellos momentos. Cuando el silencio se instaló en la habitación Jareth se aproximó a un equipo antiguo de música que se hallaba en perfectas condiciones y no necesitaba electricidad para funcionar.
“Era de mi bisabuela.” Contestó antes de que Sarah formulara su pregunta. “¿Quieres algo en especial?”
Negando con la cabeza Sarah observó por primera vez con cautela el resto de la habitación, tapizada de discos y películas. Lo suyo podía definirse como melomanía. La música sonó a nivel ambiente, lo suficientemente alto para que se escuchara pero bajito para permitir una conversación sin tener que alzar la voz. Sarah se repantigo con gusto en el sofá de Jareth sintiéndose un poco culpable por el exceso de confianza que tenía con aquel hombre, pero dada la cena y el buen ambiente, la sensación de somnolencia no se hizo esperar.
“¿Tu género favorito?” Preguntó la aterciopelada voz de Jareth mientras ella lo escuchaba con los ojos cerrados. Era como si lo conociera desde siempre. Tenía que ser culpa de la música. O de la comida… sí, eso era.
“Casi de todo.” Admitió Sarah de mala gana, el sueño empezaba a inundarla. “Pero… jazz, supongo. Aunque suene trillado.”
“El jazz nunca será algo trillado. En especial si es buen jazz.” Asintió el hombre – o al menos eso le pareció a Sarah –, “Jazz clásico me refiero.” Prosiguió Jareth mientras ambos intercambiaban gustos musicales sin prestar demasiada atención a la música, absortos el uno con el otro. Para cuando se acabó ese tema comenzaron a hablar de películas. Y justo iban a tomar un aperitivo más, la luz volvió. Sarah viendo que aún faltaban un par de horas para que saliera el sol aprovechó para despedirse de él, aunque Jareth insistió en acompañarla a su puerta para invitarla a tomar un café al día siguiente. En aquellos momentos y exhausta como estaba Sarah no encontró modo de resistir la propuesta y terminó aceptando, se metió al departamento, se puso su pijama y con una sonrisa en sus labios se quedó dormida.
Meses más tarde él le terminaría reprochando haberlo dejado plantado al día siguiente en la cafetería.
Mientras se acercaba, un movimiento captó su atención, una mujer chillaba horrorizada mientras el hombre reía cubriéndola con su cuerpo. Vacilante se aproximó a la pareja, sin tener idea de qué haría cuando la alcanzara. No era que en verdad le apeteciera meterse donde no le llamaban, pero necesitaba indicaciones y ellos eran los únicos por allí.
“Perdone,” comenzó Sarah. El hombre que no parecía pasar del metro cuarenta casi saltó fuera de su piel. La mujer en cambio era mucho más alta, con sus cabellos casi plateados y los labios pintados de carmesí. Tenía el pecho al aire y estaba atada.
“Sigue adelante,” dijo el hombrecillo, incluso antes de levantar la mirada para ver quién era. Cuando se volvió, su cara resultó estar muy abajo así que la evaluó desde debajo de unas espesas y peludas cejas. “¡Vaya!” exclamó, pareciendo asombrado y enfadado al mismo tiempo. “¡Vaya!” Al parecer nunca antes había posado los ojos en una persona como Sarah. O quizás era que ninguna persona como Sarah le había cogido nunca desprevenido. “¡Vaya!”
Dijo de nuevo. Así nunca llegaremos a ninguna parte, pensó Sarah. Era un hombre de rasgos extraños a quien de pedir que le adivinaran su edad sería imposible. Sus cejas pobladas claramente pretendían ser feroces, pero las ligeras arrugas alrededor de sus ojos, ceño y labios no estaban a la altura de tal ferocidad. Su expresión era cauta ahora, no particularmente amigable, pero tampoco hostil. Parecía evitar su mirada y notó que cada vez que movía las manos, los ojos de él las seguían. En lo alto de la cabeza tenía una gorra de piel. Unos jeans con lo que Sarah consideraba cadenas de lo más horteras llenas de llaves colgaban de sus caderas, llevándolas como si de ornamentos tintineantes se tratase. Vio que su boca se movía para decir otra vez "¡Vaya!" y lo interrumpió rápidamente.
“Perdone, pero tengo que entrar al club. ¿Puede mostrarme la forma de entrar?”
La boca se quedó congelada en la formación de la V, parpadeó hacia ella una vez o dos. Entonces sus ojos se lanzaron a un lado. Girándose hacia la mujer masculló algo entre dientes y le pegó.
“Cincuenta y siete” dijo él con algo de satisfacción. Sarah estaba atónita y furiosa.
“Oh, ¿cómo has podido?” Él respondió con un gruñido. Sarah corrió hacia la mujer que yacía en el suelo, estremeciéndose y arrugándose. “¡Pobrecita!” exclamó. La ayudo gentilmente y se giró acusadora hacia el hombre que la había golpeado. “Monstruo.”
Sintió un dolor, como al estrellarse contra un muro. La mujer la había abofeteado.
“¡Oh!” Sarah dejó a la mujer, quien en cuestión se tambaleó y cayó al suelo mientras Sarah sobaba aun su mejilla. “Me ha pegado.” Murmuró sorprendida.
“Por supuesto” rió ahogadamente el hombrecillo. “¿Qué esperabas que hiciera?”
“Yo...” Sarah estaba frunciendo el ceño, perpleja. “No pegarme… para empezar. Creía que… bueno, me daría las gracias.”
“¡Ja!” Las cejas del hombrecillo se alzaron y rió con satisfacción al tiempo que la mujer bufaba y se marchaba. “Eso demuestra cuanto sabes, ¿verdad?” corrió hacia la mujer en cuestión y alcanzándola le pegó en el trasero mientras la otra reía encantada al recibir algo que Sarah no alcanzó a divisar en medio de la oscuridad nocturna. “Cincuenta y ocho” dijo él, y sacudió la cabeza con molestia al mirar a Sarah quien todavía estaba haciendo una mueca mientras se sobaba la mejilla.
“Ooh” se quejó, “duele. Eres horrible” le dijo.
“No, no lo soy.” Parecía sorprendido. “Soy Hodge. ¿Quién eres tú?”
“Sarah.”
Él asintió.
“Eso es lo que pensaba. Tienes un montón de opiniones. Y todas equivocadas. ¡Y tienes tierra por todo el trasero de los pantalones!” Rió. Divisando de nuevo a aquella mujer, la persiguió y para asegurarse de detenerla, le pisó un pie y lo giró aplastándoselo contra el suelo. La mujer chilló. “Cincuenta y nueve” dijo Hodge.
A pesar del dolor en su mejilla, miró sobre su hombro y vio que él tenía razón. Era de haberse sentado en el pavimento tras el asalto. Mientras se sacudía como podía, comprendió que el hombrecito se las estaba haciendo pagar por haberle cogido desprevenido.
Sarah estaba pensando, parecía conocerla. Así que debía tener algo que ver con Jareth, ¿no? Una especie de espía, tal vez. Bueno, quizás. Aunque no era precisamente su idea de un espía. Los espías no eran gruñones. ¿No?
Si todas sus opiniones estaban equivocadas, como él había dicho, entonces esta debía estar equivocada también. Pero en ese caso, pensó, suponiendo que fuera un espía, su trabajo sería persuadirme de que todas mis opiniones están equivocadas cuando en realidad todas son correctas. Y si todas eran correctas, no era un espía.
Pero eso significa que no tiene motivos para persuadirme de que estoy equivocada en todo, así que probablemente esté equivocada en eso también, así que...
“¡Oh!” exclamó exasperada. Era como uno de esos dibujos que había visto en un libro en su casa, donde el agua parecía estar fluyendo cuesta arriba y aunque nunca pudieras señalar el error, sabías que era una mentira. En cualquier caso no parecía que fuera una buena persona lastimando de esa forma a la mujer… que si bien lo pensaba parecía ganarse la vida en la calle. Sarah se estremeció ante aquella idea mientras Hodge sacaba un pote que parecía medicina y se la ofreció, con una especie de ceño centelleante en la cara.
Sarah lo miró molesta. El dolor aflojaba ahora. Sacudió la cabeza negando y tuvo que sonreír un poco por la cara divertida y marchita que puso él. No era tan buena evaluadora de carácter como Jareth, pero la expresión de Hodge, en respuesta al volverse a oscurecer le hizo pensar que había tomado una buena decisión al no tomar el pote que le ofrecía el hombrecillo. La miró desconfiado. Sarah podía estar segura también de otra cosa, no estaba acostumbrado a que le sonrieran.
Bueno, pensó, aquí no hay nada que hacer. Esté aquí para espiarme o no, es la única persona a la que puedo pedir ayuda. Así que lo intentó.
“¿Sabes dónde está Underground?”
Él arrugó la cara.
“Quizá.”
“Muy bien, ¿dónde está?”
En vez de replicar, él amagó a un lado, alzando una lata de spray que había cogido mientras caminaban y empezó a pintar una pared. Contando sesenta sin hacerle daño a nadie esta vez, frustrada Sarah intentó comprender su cuenta sin éxito, tras decidir que no era de su incumbencia se limitó a lo que podía solucionar. Y el tiempo para recuperar a Toby después de todo, seguía corriendo.
“He dicho, ¿dónde está?”
“¿Dónde está qué?”
“El club nocturno.”
“¿Qué club nocturno?”
“El club nocturno, Underground. Necesito entrar. ¿Puedes ayudarme?”
“¡Underground! ¡Entrar en Underground! Oh, esa sí que es buena” rió, no muy amablemente. Sarah tenía ganas de darle un puñetazo.
“Es inútil preguntarte nada.”
“No si haces las preguntas correctas.” Le estaba dedicando una mirada de reojo. “Estás tan verde como un pepino.”
“Bueno, ¿Dónde está Underground y como entro alllí?”
Hodge inhaló por la nariz, sus ojos chispeaban.
“¡Ah! Esa está mejor.”
Sarah revoleó los ojos, aquello parecía una película mala de esas que solían gustarle a Jareth mientras que a ella le daban dolor de cabeza, de pronto Sarah creyó oír música en el aire.
“Ahí tienes” asintió con la cabeza, señalando tras ella. “Tienes que hacer las preguntas correctas si quieres llegar a alguna parte.”
Sarah se dio la vuelta. Ahora, en el gran muro, vio una enorme verja grotescamente diseñada. La miró casi acusadoramente. Podría haber jurado que no estaba allí antes. ¿Habrían caminado mucho sin que se diera cuenta? ¿Cómo iba a regresar a casa? Sacudió su cabeza preocupada, realmente no sabía por dónde había empezado, pero antes de ponerse a llorar o hacer algo más decidió que ya se preocuparía por ello cuando llegara el momento.
“No hay ninguna puerta, ¿ves?” estaba explicando Hodge. “Todo lo que tienes que hacer ahora es encontrar la llave.”
Ella se volvió a mirarle y después observó a su alrededor. Vio al instante que no iba a ser un problema encontrar la llave. Cerca de aquella puerta había un hombre enorme y robusto paseando mientras custodiaba la verja. En su pecho, colgaba una enorme llave.
“Bueno” dijo, “ha sido bastante fácil.”
Se acercó al hombre y sonrió intentando empezar de algún modo conversación, pero tanto él como Hodge la miraron ceñudos. Al parecer no había muchas personas por aquí acostumbrados a que les sonrieran. Sarah se preguntó por enésima vez en aquella noche que clase de lugar era ese.
“Umm disculpe,” Empezó intentando no sobresaltar al gigante que tenía ante sus ojos. El guardia en cuestión alzó una ceja de forma interrogante. “¿Podría darme la llave? Me gustaría entrar en Underground y resulta que solo puedo si…”
Miró a Hodge.
“Supongo que es mucho esperar que me eches una mano.”
“Sí” dijo Hodge.
“Oh” masculló. “Esto es tan estúpido.”
El hombre de la puerta bufó viéndola sin pronunciar aún ni una sola palabra.
“Querrás decir que tú eres estúpida” la corrigió Hodge.
“Cállate, malvado renacuajo.”
“¡No me llames así!” Hodge estaba agitado. “No soy un renacuajo.”
“Sí, lo eres” dijo Sarah. Recordándose ansiosamente a sí misma mucho más pequeña, en la escuela, cantando mofas crueles a alguna niña atormentada, pero insistió. “Si, eres un... un... ¡Un feo, sucio y malvado renacuajo!”
Hodge estaba fuera de sí de rabia.
“No puedes llamarme así” dijo histéricamente, Sarah apretó los labios para no reír. “¡Tú! ¡Ja! ¡Eres tan estúpida, lo das todo por supuesto!”
“¡Renacuajo! ¡Renacuajo!”
“No lo soy. No lo soy. ¡Basta! ¡Basta!
“¡Asqueroso y espeluznante renacuajo!”
Hodge se recompuso y con algo de dignidad le dijo:
“Si no fueras tan descerebrada, probarías la verja.” Eso la detuvo en el acto. Pensó un momento, luego fue hasta la verja y le dio un pequeño empujón. Se abrió.
“Nadie dijo que estuviera cerrada.” observó Hodge.
“Muy astuto.” Espetó Sara, el guardia de la puerta bufó con diversión y Hodge farfulló:
“Te crees tan lista. ¿Sabes por qué? Porque no has aprendido nada.”
Sarah estaba mirando con atención más allá de la puerta y no le gustaba lo que veía.
Estaba oscuro y parecía amenazador. La música que zumbaba en el aire parecía más intensa. Había un olor a putrefacción.
Reunió su coraje y dio dos pasos dentro de aquel lúgubre lugar y entonces se detuvo. Un pasaje cruzaba la entrada. Era tan estrecho, y la pared tan alta que el techo no se vislumbraba en absoluto, no ayudaba que todo aquel lugar estuviera en penumbras, solo una luz ámbar iluminaba sin provenir de ningún lado en específico. Sarah comprendió que de amanecer afuera, dentro permanecería igual, lo cual le jugaba en desventaja al no tener reloj o celular ni forma de medir el tiempo. Las paredes retumbaban con alaridos de aquello que se hacía llamar música.
Se aproximó a la pared más alejada, la tocó y apartó la mano. Estaba húmeda y resbaladiza, como mohosa. Preguntándose que clase de club nocturno era ese se apartó con asco de la pared. A su espalda, la cabeza de Hodge se asomaba a través de la puerta.
“Acogedor, ¿verdad?” Sarah se estremeció. Los modales de Hodge se habían alterado. Estaba callado, casi era posible detectar un indicio de preocupación en su voz. “¿Realmente vas a entrar ahí?”
Sarah dudó.
“Yo... sí” dijo. “Sí, voy a hacerlo. ¿Hay... hay alguna razón por la que no debiera hacerlo?” Estaba apretando los puños. Lo que había dentro de la verja parecía un lugar horriblemente sombrío. Y la música no era mejor. Se escuchaban como almas desgarradas y la febril imaginación de la chica le hizo pensar que se escuchaban cánticos de demonios.
“Hay muchas razones por las que no deberías” replicó. “¿Hay alguna razón por la que deberías? ¿Alguna razón realmente buena?”
“Sí, la hay.” Hizo una pausa. “Así que supongo... que debo hacerlo.”
“De acuerdo,” dijo Hodge, con un tono de voz que implicaba, allá tú. “Ahora,” preguntó, “¿por qué camino irás? ¿Derecha o izquierda?”
Sarah miró a un lado y después al otro. No había razón para escoger uno u otro.
Ambos parecían igual de sombríos. Las paredes de ladrillo parecían extenderse hasta el infinito y la oscuridad permanecía en ellas. Se encogió de hombros, esperando alguna ayuda, pero demasiado orgullosa para pedirla.
“Ambos parecen iguales.” dijo.
“Bueno,” le dijo Hodge, “no vas a llegar muy lejos entonces, ¿no?”
“Vale” dijo ella malhumoradamente, “¿por cuál irías tú?”
“¿Yo?” Él rió sin alegría. “No iría por ninguno.”
“Menudo guía estás hecho.” Replicó Sarah.
“Yo nunca dije que fuera un guía, ¿verdad? Aunque ciertamente te vendría bien uno. Probablemente acabarás volviendo a donde empezaste, dado tu historial de aciertos.”
“¡Bueno,” le espetó Sarah, “si esa es toda la ayuda que me vas a prestar, bien podrías dejarme seguir en paz!”
“¿Sabes cuál es tu problema?” preguntó Hodge.
No hizo caso al consejo, sino que intentó aparentar determinación y ponerse en camino en una dirección u otra. Izquierda, derecha; pensaba, ese era el orden normal.
Así que en este lugar anormal, bien podría intentar con la derecha, ¿verdad?
“Te lo he dicho, das muchas cosas por supuestas” siguió Hodge. “Este lugar, por ejemplo. Incluso si logras encontrar lo que buscas, lo cual veo sumamente dudoso, nunca te dejarán salir.”
“Esa es tu opinión.” Sarah se movió a la derecha.
“Bueno, es una opinión mejor que cualquiera de las tuyas.”
“Gracias por nada, Hogwart.”
“¡Hodge!” Su voz llegó resonante desde la puerta, donde él se había quedado. “Y no digas que no te lo advertí.”
Tensando la mandíbula, avanzó a grandes pasos entre las paredes húmedas y horrendas decoradas con cráneos, velas y unos espectacularmente reales ojos – eléctricos suponía – que parecían moverse con el movimiento de las personas por todo el lugar, que con lo lleno que este estaba los ojos solo parecían más macabros y locos de lo que Sarah había previsto. Solo había recorrido unas pocas zancadas cuando, con un poderoso y reverberante ¡clang! la puerta se cerró tras ella. Se detuvo, y no pudo resistirse a volver la vista atrás, para ver si se abriría de nuevo. No lo hizo.
Hodge estaba afuera. Ahora el sonido de la música ensordeciendo sus oídos mientras buscaba a Jareth dentro del club nocturno la acompañaba. Su respiración se aceleró.
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Notas de Autor: Perdonen por la tardanza, se suponía que estaría listo ayer viernes, pero tuve compromisos ineludibles y una visita inesperada. Así que lo he posteado hoy temprano. Sí, acá son las 2AM y ando muerta de sueño. En cualquier caso espero que les guste el capitulo. Tengo que admitir que me ha costado más trabajo de lo usual hacerlo, en especial porque prefiero que sea apto para todo público, así que he censurado algunas partes con Hoggle (ahora Hodge) que de haberlas puesto tal cual hubiera tenido que cambiar la clasificación a adultos. Sin embargo para la persona que lee con cuidado aún queda algo de lo que era mi adaptación original. Perdonen de nuevo por la censura. Recuerden que pueden comentar si les ha gustado o no. Con cariño, Faith.
Sarah se mordió el labio mientras miraba el reloj que ahora marcaba la una de la mañana del sábado, y golpeteó con sus uñas la mesita del porche con impaciencia como si aquello pudiera darle las respuestas. Si ganaba, si ganaba el juego… salía perdiendo. Perdería su oportunidad de ser libre. De vivir. Jareth le había ofrecido algo por primera vez realmente retorcido. Desaparecer como si hubiera sido secuestrada junto a su hermano o desaparecer como si fuera una fugitiva no eran opciones. Tampoco lo era perderlo a él. El único que parecía entenderla realmente.
Llevando su dedo al labio mordisqueó la uña del pulgar mientras los recuerdos invadían su mente. Aun recordaba cómo había conocido a Jareth.
“Demonios” Gruñó Sarah cuando todo el contenido de su carrito fue volcado por un auto que iba demasiado rápido en un estacionamiento. En parte asustada por aquel momento en que el carrito le había sido arrebatado de las manos en parte aliviada de que hubiera sido la despensa y no ella. Y en gran parte, molesta con aquél estúpido conductor. “Allí va todo el sueldo de mi semana.”
Sabía que quejándose no iba a llegar a ningún lado, pero justo en aquel momento todavía se encontraba en shock. Pálida como fantasma e inmóvil. Y aunque en un principio no había planeado quedarse allí, al ver al dueño del monstruo que acababa de arrollar su despensa se plantó a esperar que él se disculpara. Pero cuando aquello no ocurrió Sarah se aproximó al vehículo con cautela y al verle hablando por celular tocó la ventanilla. El tipo la miró y bajó del auto aún con el celular en mano.
Irritada Sarah le arrebató el celular y lo cerró. Ante el enojo de aquel hombre - atractivo pero imbécil – Sarah logró decirle lo que deseaba:
“Casi me atropellas y has tirado mis víveres.” Estaba temblando, sí. Y nunca había hecho algo como eso ni tampoco se le había pasado por la cabeza. Pero tenía que hacer algo ¿Cierto? Y pedirle a su padre dinero porque aquel hombre había cometido un gran error no contaba cómo hacer algo. No cuando ella misma tenía trabajo para solventar sus gastos. Después de todo ya bastante era que su padre pagara su universidad. Lo miró fastidiada cuando él le tendió la mano pidiendo que devolviera su celular y sin pensarlo lo lanzó hasta donde todavía el carrito estaba tendido. Luego girándose sobre sus talones supo que no iba a conseguir nada más de él. Cogiendo otro carrito compró lo que necesitaba y salió, esta vez asegurándose de que nadie le pasara por encima ni a ella ni a su despensa.
Vivir en NY tenía sus ventajas, conseguir transporte desde luego era una de ellas si lo veías por el lado bueno. Sarah nunca había aprendido a conducir por ejemplo, dado que el tráfico en la ciudad era terrible y salir a ello era como convertirse en amazona. En cambio justo como ahora disfrutaba de la ventaja de ir sentada en un taxi junto con sus pensamientos mientras se dirigía al club nocturno donde se suponía que estaba su hermano. Jareth estaba siendo infantil y estúpido. ¿Cómo se le ocurría meter a su hermano en un club nocturno para venderlo a la primera pareja que pasara por allí? Realmente si aquél era el tipo de cosas que se le ocurrían no tenía por qué soportarlo más. La zona por donde estaba el club nocturno no parecía ser de las mejores en cualquier caso había cogido su celular y las llaves de la casa por si tenía que volver a toda prisa a comunicarse con su padre. Es Jareth, pensó Sarah. No será la gran cosa. Iré por mi hermano y estaré en menos de dos horas en casa.
El taxi estacionó frente a lo que parecía ser un edificio de inquilinos. No, corrección. Era un edificio de inquilinos. Sarah parpadeó.
“Disculpe,” Acercándose a la ventanilla del taxista continuó con su tono más cordial posible: “Esto no es el club nocturno Underground. Ni siquiera creo que haya un club por aquí cerca. ¿Por qué paramos aquí?”
El taxista gruñó por toda respuesta.
“Underground le hace honor a su nombre señorita. Está en la zona más peligrosa de la ciudad. Me niego a llevarla hasta allá, nos matarán antes de poder poner un pie en el club. Si sale del taxi será bajo su propia responsabilidad. La matarán o la secuestrarán y venderán como prostituta. Y para ser sincero, no quiero tener ese cargo de consciencia. Hasta aquí llego yo.” Sarah lo miró sin saber si estaba horrorizada por la nueva información recibida o asustada por salir del taxi. Tenía dinero, sí, pero estaba segura que ni ofreciéndole todo lo que tenía el tipo le llevaría hasta allá. Mordiendo su labio pagó y se bajó con inseguridad. El taxista la miró: “¿Está segura de que quiere hacer eso? Todavía puedo llevarla a casa, es más, el viaje será gratis.”
Sarah suspiró audiblemente mientras miraba los callejones.
“Tengo que hacerlo.” Dijo con un tono que no dejaba duda. El taxista asintió y dando reversa a su auto giró y se marchó dejándola completamente sola en aquel lugar. Tan pronto puso un pie fuera de aquella calle comenzó a sentir ojos mirándola por todas partes con curiosidad y codicia. Sarah que afortunadamente no traía mucho de valor encima consigo se sintió en cualquier caso amenazada. De pronto, cuando ya llevaba un rato caminando, alguien la sujetó por el cabello sin previo aviso y cacheándola encontró la cartera de Sarah, la cogió, empujó a Sarah contra el asfalto con tal fuerza que su rodilla comenzó a sangrar profusamente. Quien quiera que fuera salió huyendo antes de que ella pudiera comenzar a gritar siquiera o ver el rostro de su atacante. Y en cualquier caso, pensó Sarah mucho más tarde, no hubiera servido de nada. Sintiéndose caer hacia adelante en la oscuridad balanceó los brazos frenéticamente y se las arregló para mantener el equilibrio.
Su boca se había quedado seca del miedo, se sentó. Así se sentía segura, incluso si esa seguridad era falsa. Pero no podía permitirse quedarse allí sentada mucho rato, cuando solo le quedaban veintitrés horas para llegar al club nocturno – Sarah estaba comenzando a contar ahora las horas que le llevaría atravesar aquel lugar y llegar al club nocturno, donde quiera que eso quedara. Porque las calles de aquel lugar no tenían la suficiente luz para ver las indicaciones. Y algunas de ellas hasta habían sido arrancadas despojándolas de su nombre. Para Sarah aquellos minutos se le estaban haciendo eternos, y dudaba que la luz del sol ayudara a mejorar la situación en la que se encontraba justo en aquellos momentos. Estaba todo tan negro que bien podría haber estado intentado encontrar su camino a través de un mar de tinta. Sintió las lágrimas florecer, pero parpadeó para contenerlas. Lo haría. No había límites en lo que ella podía hacer, con determinación – cosa que indudablemente tenía –, e ingenio – cosa que nunca le había faltado –, y tal vez un poco de suerte – cosa que se merecía, ¿no? –. Lo lograré, prometió, mientras estaba sentada sobre el asfalto sin tener ni idea de cómo dar un paso más. Dándose valor sonrió ante el hecho de que Jareth hubiera intentado mandarla justo a aquel lugar tan peligroso. Eso tenía que significar algo de algún modo. ¿Cierto?
Creyó que me asustaría tanto entre la oscuridad y los ladrones que me rendiría y olvidaría a Toby. ¿Cómo podría hacer eso? De cualquier modo, en veinticuatro horas podía ir y volver con tiempo de sobra. ¿Y qué pensarían su padre y su madrastra cuando volvieran? Probablemente llamaran a la policía. Bueno, no había nada que ella pudiera hacer al respecto. Sonrió débilmente. Cuando la imposibilidad de encontrar el camino a través de la oscuridad comenzó a abrumarla se puso en pie, apretando los puños y tensando la mandíbula, y se aclaró la garganta.
Miró hacia arriba con atención y al apartar la vista de la negrura de abajo fue consciente de un indicio de luz que manchaba el borde del cielo oscuro. Observó como la luz se hacía más y más brillante, cambiando de rojo a rosa y después a un azul pálido, aquello debía significar que el club nocturno estaba cerca si podía ver las luces cambiar de color. La primera cosa que pudo evaluar fue que las luces salían de al menos unas cinco cuadras más adelante. La extensión de espacio entre sí misma y el club nocturno no era tan grande. Puedo correr hasta allí en una hora si no me vuelve a asaltar alguien, consideró. Jareth estaba intentando embaucarme.
Lo conseguiría.
“Bueno,” Dijo. “allá vamos. Adelante, un pie delante del otro.”
La oscuridad parecía demasiado densa, pensó Sarah mientras caminaba hacia el club nocturno, cada vez más segura de lo que hacía. Sin embargo había algo en medio de todo aquello que le hacía recordar que sus problemas habían empezado mucho antes de estar en medio de aquellas calles solitarias y oscuras. Aunque la oscuridad, si no mal recordaba, había tenido algo que ver en todo aquello. Después de todo uno de los clásicos apagones de la ciudad durante el verano la había obligado a salir de aquel departamento para evitar el aburrimiento que se apoderaba de ella.
“De algún modo no fue mi intención acabar con su despensa aquella vez.” Pronunció de forma demasiado cuidada una voz masculina poniendo énfasis en cada palabra. Sarah volteó hacia la silueta masculina que recargada contra la pared al borde de las escaleras le hizo olvidarse de todo lo demás.
“¿Estás acosándome?” Se le ocurrió preguntar, un gruñido inundó el pasillo.
“¿Realmente, eso es lo que vas a decir?” La silueta del hombre se deslizó por la pared hasta tocar el suelo. Sarah se aproximó y el olor acre de un cigarrillo le llegó de golpe. “¿Quieres un poco?”
Sarah odiaba el cigarro pero no quería volver a su departamento y encerrarse, no cuando aquel hombre se había disculpado y le había hecho conversación. Y no quería rechazar aquello cuando la otra opción sería aburrirse hasta morir en su cama. Además tanto aquel hombre como su extraño acento le hechizaban. Cogiendo el cigarrillo que le ofrecía aspiró un poco y comenzó a toser. Entonces una pequeña risa salió de los labios del hombre.
“¿Primera vez?” Preguntó, y Sarah negó con la cabeza.
“Nunca me he acostumbrado.” Respondió acomodándose a su lado. Él asintió como si se viera venir la respuesta.
“Soy Jareth, por cierto.”
“Sarah.” Respondió esta.
“Lo sé. Te he visto ir y venir mientras me instalaba.” Le contestó sorprendiéndola. Sarah mordió su labio recordando el ruido y ajetreo que había ocasionado aquellas tres semanas mientras lo hacía, y ella al igual que Alice se habían quedado prendadas de su nuevo vecino. La cosa con Alice era que estaba visitando a sus padres en New Hampshire, lo que era la razón por la que estaba sola en las escaleras del edificio con un perfecto desconocido en medio de un apagón. Como Sarah no pensaba admitir que ella también había puesto especial empeño en observarle intentó salir por la tangente.
“¿Sabías que era yo?” Preguntó, luego carraspeó y reformuló su pregunta de tal modo que Jareth asintió al tiempo que le daba a su cigarrillo una nueva calada.
“El tercer día se me cayeron unas cajas, no me apetecía levantarlas en aquel momento y tenía sed. Así que regresé a mi departamento, cuando salí te vi y recordé quien eras. A propósito, me debes una disculpa.” Sarah lo miró interrogándole con la mirada, pero Jareth no pareció quitar esa sonrisita de superioridad que a duras penas se distinguía por la luz del exterior. Aún no acababa de oscurecer por completo. “No todos los días alguien te lanza al otro lado de un estacionamiento tu celular.”
Sarah enrojeció.
“¿Se rompió?” Preguntó.
“Sí. Tuve que comprar otro.” Refunfuñó él. Sarah sonrió.
“Bien. Estamos a mano.” Dijo cogiendo el cigarrillo de Jareth y dándole una segunda y última calada lo lanzó al suelo, pisándolo con su bota negra y evitando la mirada de él. Una pareja salió de las sombras sin notarlos siquiera mientras se besaban con pasión y desvestían, sonrojada, Sarah, se aclaró la garganta intentando hacerse notar, sin éxito. Jareth la imitó pero con otro propósito.
“Podemos ir a mi departamento.” Dijo y tomó su mano. Sarah frunció el ceño.
“Acabo de conocerte.” Espetó molesta. La pareja se separó ante la carcajada del hombre.
“Tengo hambre. ¿Tú no?” Preguntó mirándola con un brillo extraño en los ojos. Ignorandolos la pareja se dirigió hacia el otro lado del corredor, pero sus gemidos aún se escuchaban. Sarah tragó saliva indecisa.
“Bien. Pero si intentas algo raro…” Comenzó Sarah y antes de terminar ya estaba dentro. “¿Qué comeremos?”
“No pensaba quedarme sin luz pero…” Haciendo ademán de encender unas velas y sacando lámparas, iluminó todo el lugar. “hay pizza, hamburguesas, y…”
“Pizza está bien. ¿La hiciste tú?” Preguntó sorprendida al ver a Jareth sacarla del horno. Este negó con la cabeza y contestó incluso a las preguntas no hechas de Sarah. “Servicio. Se van temprano.”
“Tienes un departamento Jareth.” Dijo Sarah enarcando una ceja.
“¿Para qué molestarse si otros lo hacen?” Fue su corta y seca respuesta. “Está fría.”
Sarah asintió mientras comía con ganas, la pizza fría no era una molestia para ella en aquellos momentos. Cuando el silencio se instaló en la habitación Jareth se aproximó a un equipo antiguo de música que se hallaba en perfectas condiciones y no necesitaba electricidad para funcionar.
“Era de mi bisabuela.” Contestó antes de que Sarah formulara su pregunta. “¿Quieres algo en especial?”
Negando con la cabeza Sarah observó por primera vez con cautela el resto de la habitación, tapizada de discos y películas. Lo suyo podía definirse como melomanía. La música sonó a nivel ambiente, lo suficientemente alto para que se escuchara pero bajito para permitir una conversación sin tener que alzar la voz. Sarah se repantigo con gusto en el sofá de Jareth sintiéndose un poco culpable por el exceso de confianza que tenía con aquel hombre, pero dada la cena y el buen ambiente, la sensación de somnolencia no se hizo esperar.
“¿Tu género favorito?” Preguntó la aterciopelada voz de Jareth mientras ella lo escuchaba con los ojos cerrados. Era como si lo conociera desde siempre. Tenía que ser culpa de la música. O de la comida… sí, eso era.
“Casi de todo.” Admitió Sarah de mala gana, el sueño empezaba a inundarla. “Pero… jazz, supongo. Aunque suene trillado.”
“El jazz nunca será algo trillado. En especial si es buen jazz.” Asintió el hombre – o al menos eso le pareció a Sarah –, “Jazz clásico me refiero.” Prosiguió Jareth mientras ambos intercambiaban gustos musicales sin prestar demasiada atención a la música, absortos el uno con el otro. Para cuando se acabó ese tema comenzaron a hablar de películas. Y justo iban a tomar un aperitivo más, la luz volvió. Sarah viendo que aún faltaban un par de horas para que saliera el sol aprovechó para despedirse de él, aunque Jareth insistió en acompañarla a su puerta para invitarla a tomar un café al día siguiente. En aquellos momentos y exhausta como estaba Sarah no encontró modo de resistir la propuesta y terminó aceptando, se metió al departamento, se puso su pijama y con una sonrisa en sus labios se quedó dormida.
Meses más tarde él le terminaría reprochando haberlo dejado plantado al día siguiente en la cafetería.
Mientras se acercaba, un movimiento captó su atención, una mujer chillaba horrorizada mientras el hombre reía cubriéndola con su cuerpo. Vacilante se aproximó a la pareja, sin tener idea de qué haría cuando la alcanzara. No era que en verdad le apeteciera meterse donde no le llamaban, pero necesitaba indicaciones y ellos eran los únicos por allí.
“Perdone,” comenzó Sarah. El hombre que no parecía pasar del metro cuarenta casi saltó fuera de su piel. La mujer en cambio era mucho más alta, con sus cabellos casi plateados y los labios pintados de carmesí. Tenía el pecho al aire y estaba atada.
“Sigue adelante,” dijo el hombrecillo, incluso antes de levantar la mirada para ver quién era. Cuando se volvió, su cara resultó estar muy abajo así que la evaluó desde debajo de unas espesas y peludas cejas. “¡Vaya!” exclamó, pareciendo asombrado y enfadado al mismo tiempo. “¡Vaya!” Al parecer nunca antes había posado los ojos en una persona como Sarah. O quizás era que ninguna persona como Sarah le había cogido nunca desprevenido. “¡Vaya!”
Dijo de nuevo. Así nunca llegaremos a ninguna parte, pensó Sarah. Era un hombre de rasgos extraños a quien de pedir que le adivinaran su edad sería imposible. Sus cejas pobladas claramente pretendían ser feroces, pero las ligeras arrugas alrededor de sus ojos, ceño y labios no estaban a la altura de tal ferocidad. Su expresión era cauta ahora, no particularmente amigable, pero tampoco hostil. Parecía evitar su mirada y notó que cada vez que movía las manos, los ojos de él las seguían. En lo alto de la cabeza tenía una gorra de piel. Unos jeans con lo que Sarah consideraba cadenas de lo más horteras llenas de llaves colgaban de sus caderas, llevándolas como si de ornamentos tintineantes se tratase. Vio que su boca se movía para decir otra vez "¡Vaya!" y lo interrumpió rápidamente.
“Perdone, pero tengo que entrar al club. ¿Puede mostrarme la forma de entrar?”
La boca se quedó congelada en la formación de la V, parpadeó hacia ella una vez o dos. Entonces sus ojos se lanzaron a un lado. Girándose hacia la mujer masculló algo entre dientes y le pegó.
“Cincuenta y siete” dijo él con algo de satisfacción. Sarah estaba atónita y furiosa.
“Oh, ¿cómo has podido?” Él respondió con un gruñido. Sarah corrió hacia la mujer que yacía en el suelo, estremeciéndose y arrugándose. “¡Pobrecita!” exclamó. La ayudo gentilmente y se giró acusadora hacia el hombre que la había golpeado. “Monstruo.”
Sintió un dolor, como al estrellarse contra un muro. La mujer la había abofeteado.
“¡Oh!” Sarah dejó a la mujer, quien en cuestión se tambaleó y cayó al suelo mientras Sarah sobaba aun su mejilla. “Me ha pegado.” Murmuró sorprendida.
“Por supuesto” rió ahogadamente el hombrecillo. “¿Qué esperabas que hiciera?”
“Yo...” Sarah estaba frunciendo el ceño, perpleja. “No pegarme… para empezar. Creía que… bueno, me daría las gracias.”
“¡Ja!” Las cejas del hombrecillo se alzaron y rió con satisfacción al tiempo que la mujer bufaba y se marchaba. “Eso demuestra cuanto sabes, ¿verdad?” corrió hacia la mujer en cuestión y alcanzándola le pegó en el trasero mientras la otra reía encantada al recibir algo que Sarah no alcanzó a divisar en medio de la oscuridad nocturna. “Cincuenta y ocho” dijo él, y sacudió la cabeza con molestia al mirar a Sarah quien todavía estaba haciendo una mueca mientras se sobaba la mejilla.
“Ooh” se quejó, “duele. Eres horrible” le dijo.
“No, no lo soy.” Parecía sorprendido. “Soy Hodge. ¿Quién eres tú?”
“Sarah.”
Él asintió.
“Eso es lo que pensaba. Tienes un montón de opiniones. Y todas equivocadas. ¡Y tienes tierra por todo el trasero de los pantalones!” Rió. Divisando de nuevo a aquella mujer, la persiguió y para asegurarse de detenerla, le pisó un pie y lo giró aplastándoselo contra el suelo. La mujer chilló. “Cincuenta y nueve” dijo Hodge.
A pesar del dolor en su mejilla, miró sobre su hombro y vio que él tenía razón. Era de haberse sentado en el pavimento tras el asalto. Mientras se sacudía como podía, comprendió que el hombrecito se las estaba haciendo pagar por haberle cogido desprevenido.
Sarah estaba pensando, parecía conocerla. Así que debía tener algo que ver con Jareth, ¿no? Una especie de espía, tal vez. Bueno, quizás. Aunque no era precisamente su idea de un espía. Los espías no eran gruñones. ¿No?
Si todas sus opiniones estaban equivocadas, como él había dicho, entonces esta debía estar equivocada también. Pero en ese caso, pensó, suponiendo que fuera un espía, su trabajo sería persuadirme de que todas mis opiniones están equivocadas cuando en realidad todas son correctas. Y si todas eran correctas, no era un espía.
Pero eso significa que no tiene motivos para persuadirme de que estoy equivocada en todo, así que probablemente esté equivocada en eso también, así que...
“¡Oh!” exclamó exasperada. Era como uno de esos dibujos que había visto en un libro en su casa, donde el agua parecía estar fluyendo cuesta arriba y aunque nunca pudieras señalar el error, sabías que era una mentira. En cualquier caso no parecía que fuera una buena persona lastimando de esa forma a la mujer… que si bien lo pensaba parecía ganarse la vida en la calle. Sarah se estremeció ante aquella idea mientras Hodge sacaba un pote que parecía medicina y se la ofreció, con una especie de ceño centelleante en la cara.
Sarah lo miró molesta. El dolor aflojaba ahora. Sacudió la cabeza negando y tuvo que sonreír un poco por la cara divertida y marchita que puso él. No era tan buena evaluadora de carácter como Jareth, pero la expresión de Hodge, en respuesta al volverse a oscurecer le hizo pensar que había tomado una buena decisión al no tomar el pote que le ofrecía el hombrecillo. La miró desconfiado. Sarah podía estar segura también de otra cosa, no estaba acostumbrado a que le sonrieran.
Bueno, pensó, aquí no hay nada que hacer. Esté aquí para espiarme o no, es la única persona a la que puedo pedir ayuda. Así que lo intentó.
“¿Sabes dónde está Underground?”
Él arrugó la cara.
“Quizá.”
“Muy bien, ¿dónde está?”
En vez de replicar, él amagó a un lado, alzando una lata de spray que había cogido mientras caminaban y empezó a pintar una pared. Contando sesenta sin hacerle daño a nadie esta vez, frustrada Sarah intentó comprender su cuenta sin éxito, tras decidir que no era de su incumbencia se limitó a lo que podía solucionar. Y el tiempo para recuperar a Toby después de todo, seguía corriendo.
“He dicho, ¿dónde está?”
“¿Dónde está qué?”
“El club nocturno.”
“¿Qué club nocturno?”
“El club nocturno, Underground. Necesito entrar. ¿Puedes ayudarme?”
“¡Underground! ¡Entrar en Underground! Oh, esa sí que es buena” rió, no muy amablemente. Sarah tenía ganas de darle un puñetazo.
“Es inútil preguntarte nada.”
“No si haces las preguntas correctas.” Le estaba dedicando una mirada de reojo. “Estás tan verde como un pepino.”
“Bueno, ¿Dónde está Underground y como entro alllí?”
Hodge inhaló por la nariz, sus ojos chispeaban.
“¡Ah! Esa está mejor.”
Sarah revoleó los ojos, aquello parecía una película mala de esas que solían gustarle a Jareth mientras que a ella le daban dolor de cabeza, de pronto Sarah creyó oír música en el aire.
“Ahí tienes” asintió con la cabeza, señalando tras ella. “Tienes que hacer las preguntas correctas si quieres llegar a alguna parte.”
Sarah se dio la vuelta. Ahora, en el gran muro, vio una enorme verja grotescamente diseñada. La miró casi acusadoramente. Podría haber jurado que no estaba allí antes. ¿Habrían caminado mucho sin que se diera cuenta? ¿Cómo iba a regresar a casa? Sacudió su cabeza preocupada, realmente no sabía por dónde había empezado, pero antes de ponerse a llorar o hacer algo más decidió que ya se preocuparía por ello cuando llegara el momento.
“No hay ninguna puerta, ¿ves?” estaba explicando Hodge. “Todo lo que tienes que hacer ahora es encontrar la llave.”
Ella se volvió a mirarle y después observó a su alrededor. Vio al instante que no iba a ser un problema encontrar la llave. Cerca de aquella puerta había un hombre enorme y robusto paseando mientras custodiaba la verja. En su pecho, colgaba una enorme llave.
“Bueno” dijo, “ha sido bastante fácil.”
Se acercó al hombre y sonrió intentando empezar de algún modo conversación, pero tanto él como Hodge la miraron ceñudos. Al parecer no había muchas personas por aquí acostumbrados a que les sonrieran. Sarah se preguntó por enésima vez en aquella noche que clase de lugar era ese.
“Umm disculpe,” Empezó intentando no sobresaltar al gigante que tenía ante sus ojos. El guardia en cuestión alzó una ceja de forma interrogante. “¿Podría darme la llave? Me gustaría entrar en Underground y resulta que solo puedo si…”
Miró a Hodge.
“Supongo que es mucho esperar que me eches una mano.”
“Sí” dijo Hodge.
“Oh” masculló. “Esto es tan estúpido.”
El hombre de la puerta bufó viéndola sin pronunciar aún ni una sola palabra.
“Querrás decir que tú eres estúpida” la corrigió Hodge.
“Cállate, malvado renacuajo.”
“¡No me llames así!” Hodge estaba agitado. “No soy un renacuajo.”
“Sí, lo eres” dijo Sarah. Recordándose ansiosamente a sí misma mucho más pequeña, en la escuela, cantando mofas crueles a alguna niña atormentada, pero insistió. “Si, eres un... un... ¡Un feo, sucio y malvado renacuajo!”
Hodge estaba fuera de sí de rabia.
“No puedes llamarme así” dijo histéricamente, Sarah apretó los labios para no reír. “¡Tú! ¡Ja! ¡Eres tan estúpida, lo das todo por supuesto!”
“¡Renacuajo! ¡Renacuajo!”
“No lo soy. No lo soy. ¡Basta! ¡Basta!
“¡Asqueroso y espeluznante renacuajo!”
Hodge se recompuso y con algo de dignidad le dijo:
“Si no fueras tan descerebrada, probarías la verja.” Eso la detuvo en el acto. Pensó un momento, luego fue hasta la verja y le dio un pequeño empujón. Se abrió.
“Nadie dijo que estuviera cerrada.” observó Hodge.
“Muy astuto.” Espetó Sara, el guardia de la puerta bufó con diversión y Hodge farfulló:
“Te crees tan lista. ¿Sabes por qué? Porque no has aprendido nada.”
Sarah estaba mirando con atención más allá de la puerta y no le gustaba lo que veía.
Estaba oscuro y parecía amenazador. La música que zumbaba en el aire parecía más intensa. Había un olor a putrefacción.
Reunió su coraje y dio dos pasos dentro de aquel lúgubre lugar y entonces se detuvo. Un pasaje cruzaba la entrada. Era tan estrecho, y la pared tan alta que el techo no se vislumbraba en absoluto, no ayudaba que todo aquel lugar estuviera en penumbras, solo una luz ámbar iluminaba sin provenir de ningún lado en específico. Sarah comprendió que de amanecer afuera, dentro permanecería igual, lo cual le jugaba en desventaja al no tener reloj o celular ni forma de medir el tiempo. Las paredes retumbaban con alaridos de aquello que se hacía llamar música.
Se aproximó a la pared más alejada, la tocó y apartó la mano. Estaba húmeda y resbaladiza, como mohosa. Preguntándose que clase de club nocturno era ese se apartó con asco de la pared. A su espalda, la cabeza de Hodge se asomaba a través de la puerta.
“Acogedor, ¿verdad?” Sarah se estremeció. Los modales de Hodge se habían alterado. Estaba callado, casi era posible detectar un indicio de preocupación en su voz. “¿Realmente vas a entrar ahí?”
Sarah dudó.
“Yo... sí” dijo. “Sí, voy a hacerlo. ¿Hay... hay alguna razón por la que no debiera hacerlo?” Estaba apretando los puños. Lo que había dentro de la verja parecía un lugar horriblemente sombrío. Y la música no era mejor. Se escuchaban como almas desgarradas y la febril imaginación de la chica le hizo pensar que se escuchaban cánticos de demonios.
“Hay muchas razones por las que no deberías” replicó. “¿Hay alguna razón por la que deberías? ¿Alguna razón realmente buena?”
“Sí, la hay.” Hizo una pausa. “Así que supongo... que debo hacerlo.”
“De acuerdo,” dijo Hodge, con un tono de voz que implicaba, allá tú. “Ahora,” preguntó, “¿por qué camino irás? ¿Derecha o izquierda?”
Sarah miró a un lado y después al otro. No había razón para escoger uno u otro.
Ambos parecían igual de sombríos. Las paredes de ladrillo parecían extenderse hasta el infinito y la oscuridad permanecía en ellas. Se encogió de hombros, esperando alguna ayuda, pero demasiado orgullosa para pedirla.
“Ambos parecen iguales.” dijo.
“Bueno,” le dijo Hodge, “no vas a llegar muy lejos entonces, ¿no?”
“Vale” dijo ella malhumoradamente, “¿por cuál irías tú?”
“¿Yo?” Él rió sin alegría. “No iría por ninguno.”
“Menudo guía estás hecho.” Replicó Sarah.
“Yo nunca dije que fuera un guía, ¿verdad? Aunque ciertamente te vendría bien uno. Probablemente acabarás volviendo a donde empezaste, dado tu historial de aciertos.”
“¡Bueno,” le espetó Sarah, “si esa es toda la ayuda que me vas a prestar, bien podrías dejarme seguir en paz!”
“¿Sabes cuál es tu problema?” preguntó Hodge.
No hizo caso al consejo, sino que intentó aparentar determinación y ponerse en camino en una dirección u otra. Izquierda, derecha; pensaba, ese era el orden normal.
Así que en este lugar anormal, bien podría intentar con la derecha, ¿verdad?
“Te lo he dicho, das muchas cosas por supuestas” siguió Hodge. “Este lugar, por ejemplo. Incluso si logras encontrar lo que buscas, lo cual veo sumamente dudoso, nunca te dejarán salir.”
“Esa es tu opinión.” Sarah se movió a la derecha.
“Bueno, es una opinión mejor que cualquiera de las tuyas.”
“Gracias por nada, Hogwart.”
“¡Hodge!” Su voz llegó resonante desde la puerta, donde él se había quedado. “Y no digas que no te lo advertí.”
Tensando la mandíbula, avanzó a grandes pasos entre las paredes húmedas y horrendas decoradas con cráneos, velas y unos espectacularmente reales ojos – eléctricos suponía – que parecían moverse con el movimiento de las personas por todo el lugar, que con lo lleno que este estaba los ojos solo parecían más macabros y locos de lo que Sarah había previsto. Solo había recorrido unas pocas zancadas cuando, con un poderoso y reverberante ¡clang! la puerta se cerró tras ella. Se detuvo, y no pudo resistirse a volver la vista atrás, para ver si se abriría de nuevo. No lo hizo.
Hodge estaba afuera. Ahora el sonido de la música ensordeciendo sus oídos mientras buscaba a Jareth dentro del club nocturno la acompañaba. Su respiración se aceleró.
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Notas de Autor: Perdonen por la tardanza, se suponía que estaría listo ayer viernes, pero tuve compromisos ineludibles y una visita inesperada. Así que lo he posteado hoy temprano. Sí, acá son las 2AM y ando muerta de sueño. En cualquier caso espero que les guste el capitulo. Tengo que admitir que me ha costado más trabajo de lo usual hacerlo, en especial porque prefiero que sea apto para todo público, así que he censurado algunas partes con Hoggle (ahora Hodge) que de haberlas puesto tal cual hubiera tenido que cambiar la clasificación a adultos. Sin embargo para la persona que lee con cuidado aún queda algo de lo que era mi adaptación original. Perdonen de nuevo por la censura. Recuerden que pueden comentar si les ha gustado o no. Con cariño, Faith.
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